La Geometría Sagrada en la Arquitectura

Desde los inicios de la arquitectura, el hombre siempre ha buscado hacia su interior y su entorno inmediato fuentes de inspiración o conceptos que puedan ayudarlo a dar una respuesta a sus ganas de trascender, utilizando la arquitectura como vehículo de expresión y exaltación del alma humana hacia lo divino.

Los antiguos griegos dominaban la geometría y manipulaban intencionalmente los volúmenes, como hicieron en el Partenon, por ejemplo, al acomodar las columnas desproporcionadas espacialmente, pero que visualmente produjeran un efecto de mayor altura.  Vitruvio, en el año 15 a.C., buscó los espacios habitables ideales en las proporciones del cuerpo humano.

Luego, surgió la proporción divina basada en la secuencia de Fibonacci, y como se encontró repetida en toda la naturaleza se llegó a nombrar al 1.618 como el número de Dios, o la proporción dorada.  En el Códice Atlántico podemos ver como Da Vinci representa la “flor de la vida” como un estudio geométrico y de inspiración, de la cual podemos dar una interpretación geométrica/mística de cómo todas las cosas provienen de la misma fuente y están intrínsicamente interconectadas.

Ideológicamente, la intención es siempre mantener “nuestros círculos” en un balance armónico, cualquiera sea el contexto interno que se quiera interpretar.  Al diseñar espacios que hagan alusión o interpreten la geometría sagrada, en lugar de que la misma sea solo una representación en papel, como un mantra o un mándala, la convertimos en un espacio habitable, en una morada tanto intelectual como física, intentando unificar ambas en una tercera dimensión, para lograr en la cuarta dimensión del tiempo eso que buscamos: una alteración positiva de nuestra realidad y nuestros deseos de transcendencia.

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